Aztlan, Tollan y otras ciudades fantásticas del México Antiguo

Los secretos y los misterios han despertado desde siempre la atención de las personas y en el caso de ciertas ciudades enigmáticas de las culturas prehispánicas de México, esto no ha sido la excepción. Se trata de lugares simbólicos y míticos que se gestaron en el imaginario colectivo de tales civilizaciones y que se consolidaron como elementos clave para el desarrollo que tuvieron los grandes imperios de Mesoamérica.

Sitios como Aztlan, Tollan o Chicomóztoc, fueron ciudades primordiales, numinosas y sagradas, sin una ubicación geográfica precisa, pero que sirvieron para explicar, por ejemplo, los orígenes de asentamientos divinos y humanos. En ciertos casos, tales ciudades utópicas tienen una contraparte real y concreta, como es el caso de la gran Teotihuacán.

Muchas de las noticias que se tuvieron acerca de estas ciudades sagradas, fueron obtenidas por los antiguos mexicanos a través de sueños, ritos iniciáticos o experiencias límite. También los conquistadores europeos, que llegaron a Mesoamérica y otras regiones del continente, soñaban con sitios utópicos que creyeron encontrar o que buscaron con denuedo en estas latitudes.

Pero al interrogar a los habitantes de estas tierras, acerca de posibles riquezas y tesoros, los europeos escuchaban relatos que manejaban diferentes perspectivas y esquemas de valores, acerca de lo que realmente valía la pena ambicionar.  Por ejemplo, el oro y las gemas, no eran tan valiosas para los antiguos mexicanos, como sí morar en la compañía del dios, en su ciudad divina.

Como quiera que sea, los conquistadores creyeron identificar en tales relatos, referencias a sus propias ciudades perdidas, tal y como se desprende de los escritos de los primeros cronistas que llegaron a América. Lo anterior llevó a muchos aventureros europeos a internarse en lo más profundo de México y otros países americanos, en busca de lugares fantásticos como El Dorado, las Siete Ciudades de Cíbola, la Fuente de la Eterna Juventud, la Tierra de Orfis, la Isla de San Borondón y las Minas del Rey Salomón.

Tal como sucedió con los chamanes aztecas enviados por Moctezuma Ilhuicamina para viajar a la ciudad sagrada de Aztlán, los conquistadores europeos que afirmaron haber hallado los anteriores lugares fantásticos, describieron maravillas y seres fantásticos. Las descripciones que  hicieron estos exploradores de lo desconocido roza de manera interesante las fronteras entre lo visionario y el delirio, la charlatanería y la revelación.

Quizás, aun sin haber recuperado piedras o metales preciosos, estos viajeros dejaron constancia de algo más importante: la posibilidad permanente de acceder a estas zonas en donde la realidad y la ficción tienen una misma fuente, siempre vital.

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