Tesoros turísticos de la Ciudad de México

A no más de tres cuadras al sur del zócalo capitalino, se localiza lo que fuera la residencia de los condes de Santiago de Calimaya, hoy en día, el Museo de la Ciudad de México. Tan solo por tratarse de una prodigiosa obra del barroco, es un edificio imperdible. Su diseño se debe a Francisco Guerrero y Torres. Aunado a su interesante acervo, sus colecciones permanentes y las exhibiciones temporales, su fachada, sus gárgolas con silueta de cañón, la sirena tocando la guitarra en los portones, etc, todo ello sorprende y cautiva. Además, una cabeza de serpiente prehispánica se observa en la base de una de sus esquinas.

No muy lejos de allí, aparece el Convento de San Jerónimo, sobrio complejo arquitectónico del siglo XVI. En las décadas de 1970 y 1980, se llevaron a cabo grandes trabajos de restauración de los diferentes recintos de este convento, por ejemplo, los patios, celdas, corredores, etc. De todos ellos, sobresale el templo, con su austero pero admirable estilo herreriano y su consagración fechada en 1623. No obstante, el Convento de San Jerónimo debe su mayor notoriedad al hecho de que allí habitó la célebre Sor Juana Inés de la Cruz desde 1668 y hasta el fin de sus días, en 1695. Actualmente en ese lugar se localiza la Universidad del Claustro de Sor Juana.

Justo enfrente, es recomendable visitar el Museo Nacional de la Charrería, instalado en lo que otrora fuera el templo y convento de Nuestra Señora de Montserrat. Hoy en día es la sede de la Federación Nacional de Charros y sus colecciones, de gran valía museográfica, están integradas por monturas, trajes, pinturas, arreos y otros enseres vinculados a esta tradicional actividad.

Cercana al Convento de San Jerónimo, se encuentra la calle de Regina. En donde esta última hace esquina con bolívar se levanta un vistoso templo barroco: la Iglesia de Regina Coelli. Formó parte del convento del mismo nombre, el cual fue habitado por religiosas concepcionistas y fundado en el siglo XVI, si bien, el actual edificio, data del siglo XVIII. Imperdibles son sus retablos churriguerescos y barrocos, así como también, sus diferentes pinturas al óleo, todas ellas de la autoría de importantes artistas novohispanos, como Francisco Antonio Vallejo, José de Ibarra, Nicolás Rodríguez Juárez, etc

Se debe ponderar, aparte, a la bella Capilla de Medina Picazo, situada a un costado de la nave principal del templo anterior, puesto que se trata de una de las mejores creaciones de arte sacro del siglo XVIII, en México.

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