La mítica ruta a Aztlán

Turistas y viajeros que gustan de explorar los tesoros arqueológicos de nuestro país, resultan fascinados con la cultura azteca y sus muchos vestigios arqueológicos y referencias míticas y mitológicas. Una de estas últimas es la que se refiere a la llamada búsqueda de Aztlán, la tierra semilegendaria de donde partieron las primeras tribus aztecas en su camino para la fundación de la gran Tenochtitlán.

Diversas fuentes narran como el tlatoani Moctezuma Ilhuicamina y su consejero Tlacaélel, paseaban por los jardines del palacio, mientras evocaban los avatares de los fundadores de Tenochtitlan, en su peregrinación tras dejar Aztlán. Ellos fueron guiados por el dios colibrí Huitzilopochtli, a lo largo de su extenso trayecto. Al final, el numen les indicó que, donde hallaran un águila sobre un nopal, con las alas extendidas, allí justamente debían fundar su gran capital.

Al final de su conversación, Moctezuma y Tlacaélel decidieron enviar una expedición de chamanes y sacerdotes para que encontraran Aztlán, en una formidable travesía. El grupo de exploradores partió, de acuerdo a los registros arqueológicos, en el año 1116. Ellos consideraron que, siguiendo la ruta inversa de los fundadores de Tenochtitlan, llegarían sin contratiempos a la misteriosa Aztlán.

Los enviados tenían la misión de entregar a las tribus que se habían quedado en Aztlán, diversos presentes y además convencerlos para que fueran a habitar en la ciudad de México-Tenochtitlan.

La ruta aconteció sin novedad hasta Tula, puesto que los miembros de la expedición seguían como guía códices antiguos, como la tira de la peregrinación. Pero desde este punto los hechiceros y sacerdotes comprendieron que el retorno a Aztlán era más complicado de lo que pensaban. Entonces decidieron proseguir la ruta a través de experiencias interiores, usando sus poderes ocultos. De esta manera se transformaron en animales feroces, y así pudieron llegar a la tierra primordial.

En Aztlán, fueron recibidos por la gran diosa Coatlicué, madre de Huitzilopochtli, quien aceptó con alegría los presentes enviados por el tlatoani Moctezuma.  En agradecimiento, la gran diosa les ofreció tres prendas textiles, una para el consejero Tlacaélel, otra para Moctezuma y una más para su hijo Huitzilopochtli, el dios del sol y de la guerra de los aztecas.

Tras regresar desde Aztlán a la ciudad de México-Tenochtitlan, los chamanes y sacerdotes enviados por Moctezuma relataron al tlatoani sus fascinantes aventuras. Entonces el emperador azteca comprendió que Aztlán no era localizable en ningún espacio físico, sino, más bien, en el ámbito eterno de la leyenda.

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